Los Yolis después de las fotos de Olkar Ramírez

Los Yolis después de las fotos de Olkar Ramírez
La foto que más me gusta (Doris Night, Tino Tinto, Divina Gloria, Dennis Pannullo y Ben Gala)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Pietro Salemme (corazón latiendo)

Destinado por quién sabe qué angélicos designios, debió luchar por ser quien era desde su mismo nacimiento.

Su padre quería llamarlo Pietro, pero la justicia –en manos de los empleados de algún registro civil- decidió que tal nombre no estaba permitido y tampoco se permitiría, así que el viejo se tuvo que conformar y acercarse a lo posible: lo llamó Salvador y le puso al lado el Pedro que al menos sonaba parecido.

Maricón, le decían en el colegio. Pero no podía volver llorando a casa a contarle a papá, el tano lo habría mirado con un desprecio parecido al de la escuela. Tenía que tragarse las lágrimas o llorar a escondidas, que al fin y al cabo es lo mismo: le quedó el estómago hecho trizas pero no por eso dejó de ser gay.
Hay que estar.

Después de no poder tener el nombre que tenía que tener ni ser lo maricón que tenía que ser (aunque verán que conserva ambas virtudes, a pesar de todo), le enviaron otra prueba de coraje y hombría: Pietro se puso a escribir historias desde que tuvo un lápiz en la mano. No hacía dibujitos ni garabatos: contaba cuentos.
Él dice que no tolera la idea de que algo sea olvidado, pero también piensa –mesándose la barba nada imberbe- que tal vez no quiera olvidarse de nada y por eso lo escribe.
Y por las dudas lee todas las historias contadas por los demás y guarda todos los objetos abandonados por los demás, no sea cosa que quede sin recordar un abrazo, una ilusión, una copia ni una mesita. No sea cosa que la memoria (incluso la de un insignificante cuadrito de una señora con pañuelo en la cabeza comprado en una venta de garage por dos pesos) se extravíe y alguna historia quede sin contarse y recordarse.

Tan absorto estaba escribiendo historias que debían ser contadas, que se olvidó de estudiar para el colegio y repitió el año.
El padre sentenció –Ahora no escribís más-.
Claro que el joven Pietro, lejos de ser sumiso, ya había adquirido cierto entrenamiento para ser y hacer todo lo que le decían que no podía.
Además, y por sobre todas las cosas, debía escribir.
Así que se montó un escritorio de mentirita en el patio de la casa familiar, se llevó las biromes y los cuadernos necesarios para pernoctar por si la toma del patio se extendía , y por toda protesta se puso a escribir allí sentado, a la vista de todos y desafiando abiertamente el mandato paterno.
Los padres se lo encontraron en su campamento literario cuando salían. Él escribía sin parar y ni los miró.
Se fueron, los viejos, arregladitos como estaban de compras para el almacén y cargando con su resignación. No había caso: de escribir no iba a parar tampoco.

Pietro es memorioso, pero escribe y junta por las dudas. Selecciona y archiva, y aunque se olvide de dónde guardó el archivo, como tiene todo guardado algún día lo encontrará.
Y para buscar debe pasearse entre sus muñecos desmembrados, valijas llenas de todas las páginas que escribió, programas de los espectáculos a los que asistió, notas, cintas VHS, muebles de peluquería, redes de pesca, sillones obsequiados cuyos colores detesta, cajas de sombreros, abrigos de peluche rosa mazapán, muñequitos de chocolate Jack, remeritas de su infancia Parchís, afiches imposibles, recuerdos que nadie recordaría si él no lo hiciera y claro, libros y mas libros (los recuerdos que otros ya recordaron y le aliviaron el trabajo).

Pero además, Pietro es un hombre bello que parece resguardarse de su belleza (ay, es que toda la gente dice que la belleza es un atributo femenino, se asombra) detrás de una barba y un bigote sin los que se siente desnudo.
Pero no sólo la belleza ésa le tocó. También tuvo la suerte –aunque le duela el estómago y la desilusión lo enferme y piense en lo horrible de tragarse no sé cuántos metros de cable para que te miren la panza y te la filmen (no te preocupes querido, estamos cerca de los realities endoscópicos)- decía que tuvo la suerte de ser un creador, con todo lo indefinible que crear pueda ser en una sola vida, con un solo cuerpo, con una sola sociedad albergando a una sola familia para elegir por vez.

Y no me recibiría si, desconfiado como es, no tuviera una gran confianza en sus instintos, su gata vieja –a la que quiero recordar como Rafaella porque suena a la Carrá- y su perra sorda.
Y no lo haría, es evidente, con una torta de merengue ni con crema chantilly y muchos menos comprada hecha. De ningún modo. Pietro hace sus tortas con nueces pecan recogidas por él mismo y frutillas frescas, te va a buscar a la estación sin ninguna duda de que va a reconocerte –en todo caso le chiflás a los perros y si uno no se da vuelta el dueño es Pietro- y te acompaña todo el viaje, de ida y de vuelta.
Y no está solo. Contra todas las predicciones, el muchacho está acompañado por un joven tímido pero con la agudeza de un halcón.

Pietro eligió, aunque más no sea porque era lo único que podía hacer, una vida, unas cuantas luchas y unamemoria puntillosa e imbatible.
Eligió el coraje de vivir siendo quien es aunque cada vez que quiera ser algo todos quieran impedírselo únicamente porque es su destino.

martes, 14 de septiembre de 2010

La mañana.

Como todas las mañanas dejó su casa para ir a trabajar.
Hacía frío y no pensaba en nada.
En la calle, la fauna cotidiana y el tránsito eran invisibles.
Pero vio las interminables filas de carteles, afiches, volantes, paradas de ómnibus, quioscos de diarios con portadas fulminantes, radios encendidas, ofertas, créditos, oportunidades, teles de bar, tantas cosas para desear, que el pecho se le frunció un poco de desesperanza.
No vio a los tres tipos que todavía dormían en la vereda tapados con cartones ni al pibito descalzo tan apurado que casi lo atropellan, pero se apenó porque su celular no pasaba música, le dio rabia la foto del crucero que no iba a hacer con esa gente bronceada, sonriente y tranquila bebiendo daikiris bajo la luz del sol del caribe, le volvieron las ganas del plasma enorme aunque no hubiera nada para ver, la envidia casi le provocó una náusea cuando el auto último modelo con el cabrón acicalado acompañado por una mina más último modelo que el auto que le tocaba la pierna le paró a cinco centímetros, porque tenía el cuello del saco levantado y la bufanda tan enroscada que no miró bien si podía cruzar, la rabia le reptó ácida cuando se acordó que no tenía reloj porque se lo habían robado una semana atrás junto con las fotos de los chicos y los veinte pesos que tenía en la billetera de tela de avión que sí pudo comprar en la calle cuando le robaron la anterior, la mirada al cartel de los descuentos para viajeros frecuentes de una línea aérea le dio un leve retorcijón, a él, que se había tomado la última vacación tres años antes en Santa Teresita y había llovido cuatro de los siete días..

En el vagón de subte, la bronca se le puso más consistente y con destino seguro. La gente subía y subía, y con la gente que subía el aire se hacía más irrespirable, el espacio más pequeño, la intimidad más atemorizante. La vieja estúpida le clavaba el paraguas inútil transformado en un arma mortal con la punta para arriba como lo llevaba. La boluda con los dos chicos gritones destinados al hacinamiento desamorado de alguna guardería. El cana con los auriculares y la mirada perdida, seguro que estaba pensando en romperle la cabeza a alguien.

Estación Pasco, ni la mitad del viaje había pasado y, no podía faltar, subió una marica con las cejas depiladas, un jean ajustado que le marcaba el orto (qué buen orto) y la manicura en los dedos llenos de anillos mas tres pulseras de oro en la muñeca. Y la negrita disfrazada de rubia que parecía que se había puesto la ropa con calzador y le meneaba las tetas pocos centímetros más debajo de los ojos haciéndolo sudar no de deseo sino de asco.

De pronto, se sintió cansado de llevar esa piedra en el pecho, ese peso que arrastraba por la vida sin saber de dónde había salido, de esa contienda declarada quién sabe cuando contra el mundo entero.
Abrió bien los ojos y se enderezó. No era tan petiso al fin y al cabo, el aire allá arriba se respiraba mejor. La muchedumbre empezó a tomar color despacito y de a pinceladas. Las bufandas marrones eran naranjas, verdes, violetas. Los gorros grises, amarillos y púrpura. El manicomio empezó a tomar forma definida, el zoológico se humanizó, la mescolanza se organizó en diversidad.

Complicado se le transformó en combinado, combinado en colega, colega en compañero, compañero en compasión, compasión en comprensión y de ahí al corazón hubo un solo paso.
Salió del vagón, subió las escaleras hasta la calle, se sacó los lentes y se frotó los ojos.
Eran las nueve de la mañana del 13 de agosto y había salido el sol.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Perfume

-Lo que usted busca, señora, es el perfume perfecto, y ése no es ni más ni menos que el adecuado para cada ocasión y para cada deseo-
Quien lo dice es un hombre entrado en años, de calva brillante y con un traje tal vez demasiado ajustado, sacado de un guardaropas tan entrado en años y calvo como su propietario. Sin embargo, lejos de desfavorecerlo, el chaleco con los botones a punto de reventar y el pantalón tirante le dan un juvenil aire de estudiantina, al tiempo que, contradictoriamente lo revisten de una seriedad casi mística.
La mujer, vecina cercana del medio siglo, viste con la seriedad y precisión de quien no necesita mirar lo que se pone. También entrada en carnes, lo mira con una enternecedora atención infantil. Los ojos le brillan con la intensidad del secreto y la mentira, pero mantiene las manos cerradas sobre el regazo y los tobillos cruzados.

Él continúa con su discurso.
-Si se trata del perfume del amor simple, debe tener el color de las alas de una mariposa y oler como la mañana, lleno de esperanza y luminosidad (ni piense que las mañanas lluviosas son oscuras, le conviene observarlas mejor).
En el caso de la pasión, no crea usted que la época del celo se termina jamás. Los humanos tenemos artimañas de todo tipo, y una de ellas consiste en engañar el paso del tiempo y encontrar el acompañante justo para cada momento.
Como le decía, la pasión es fuerte, pero lleva la debilidad al límite: he ahí su belleza. Sus olores son intensos y embriagadores, siempre tienen algo de ajos recién pelados y frutas del trópico. La pasión, bien llevada, es duradera y persistente y sólo los espíritus débiles están condenados a pasiones efímeras. La fogosidad, como una hoguera, alimentada con tesón puede ser interminable.
Y así huele, como algo que uno quiere abonar hasta el agotamiento.
No crea de ningún modo que el color es el rojo: sólo los tonos entre los púrpuras y los azules de las noches de verano se le asemejan. No tiene sonidos, únicamente un silencio que de tan descriptivo a veces da miedo.
La pasión, querida mía, está muy lejos de las rosas y las orquídeas y verdaderamente cerca de las flores carnívoras, es una emoción devoradora a la que debemos entregarnos minuciosamente y sin dudas. Fíjese cuánto se asemeja a la fe.
Ahora bien, señora, si su búsqueda tiene que ver con la lujuria, verá que se expone a perder todo lo que usted conoce de sí misma.

Entrará en una selva oscura y el mundo en que habitaba desaparecerá como por encanto, tal vez para no volver a encontrarlo. Tiene el olor de los animales extinguidos, el color del bosque por la noche, la textura babosa y reptante de cópulas eternas y orgasmos postergados, el ruido bestial del deseo no saciado.
Pero no se alarme tanto, tome, séquese el sudor de su frente y no apriete tanto las piernas, se hará daño de abrir así los ojos.
Veo que tal vez busca algo más sencillo, parecido a la tranquilidad del amor fraternal, sereno como el beso de un hijo, como el abrazo de un amigo.
Ese perfume es parecido a los jazmines florecidos en verano, acomodados en una gran canasta llevada por un brazo fuerte. El color ambarino reflejará en millones de suaves rayos la luz del sol del amanecer sin deslumbrarla jamás. Tiene la música de cuerdas bien pulsadas y, aunque a veces la traición se cuela en los frascos, en general la llenará de alegría y tranquilidad.
Ya ha visto, tengo una gran variedad de aromas para ofrecerle, puede elegir el que quiera y probarlo.-

domingo, 22 de agosto de 2010

Los muchachos con la crisis

Silencio.
Dos locas de remeras ajustadas que delatan corpiños armados y puntiagudos, de polleritas tubo ajustadas largas hasta las rodillas, de tacos ruidosos y de cabezas envueltas en pañuelos de seda barata estridente que les ajustan los enormes ruleros, llegan del brazo al escenario.
Tienen sonrisas torcidas de lumpenaje antiguo clavadas en las bocas pintadas. Una lleva un cigarrillo encendido en la mano derecha. La otra, una percha con la camisa recién planchada del fiolo en la izquierda.
Se miran entre sí, entrecierran los ojos y sondean al público. Comentan sin ninguna intimidad, como hace la gente de barrio:
-Lucy-
-Beti-
-Mirá Lucy, ése es goi-
-No Beti, es gay-
-¡Hombre con hombre!-
-¡Mujer con mujer!-
-Y mirá allá, ¡un hombre y una mujer juntos!-
Con un estudiado promenade de danza clásica, siempre del brazo como paseaban las chicas de antes y haciendo volar la camisa y la ceniza del cigarrillo, arrancan a capella con el tango Los amores con la crisis. Cantan fuerte y claro, con un placer tan poderoso que enmudece al público. Las manos que buscaban los vasos se aquietan, las miradas se fijan en el escenario. Nadie quiere espantar el momento mágico.

El cuadro parece no haber empezado nunca y tampoco tiene final. El tango -en realidad una ranchera del año treintaycuatro- se diluye en un nuevo diálogo de barrio. Las chicas se bajan del escenario como llegaron: haciendo sonar los taquitos en las baldosas del piso del bar durante los veinte pasos que las separan del improvisado camarín en un depósito de bebidas y siguen comentando a viva voz. Se van como llegaron, con el cigarrillo y la camisa recién planchada.
Son una postal viva de la mujer porteña, esa mezcla rara de Tita Merello y Annie Lennox, un salto al vacío entre el empedrado y el asfalto, una belleza de camisón y pantuflas pero con la cara bien arreglada que siempre me despertó ideas sobre la extraña relación entre el varón porteño y su mamá.
Tampoco terminarán el último comentario.
Es que Batato llega al escenario ignorándolas y nervioso, muy nervioso. Cuenta la historia de un muchacho enfermo reflexionando sobre el origen de sus dolores. No sabe si el mal está en los pies o en la cabeza y su vida transcurre en eternas visitas al traumatólogo y al sicólogo, de Chacarita a Barracas, de Barracas a Chacarita…
Ya les cuento.

martes, 10 de agosto de 2010

Ésto no es Rithm & Blues


Lo conocí en ocasión de alquilar un departamento de un ambiente dividido del que era inquilino. La cita fue en el mismo departamento.
Charlamos un rato y mientras hablábamos observé columnas interminables de revistas de los ´50, y aunque más tarde me enteraría de que las revistas habían venido con la casa, el hombre, que siempre supo aprovechar las oportunidades, se dio aires de coleccionista.
Tomé un viejo ejemplar de Selecciones del Reader´s Digest (publicación que había acompañado con sus historias y copetes gran parte de mi infancia) y cuando lo abrí una firma en la primera página me llamó la atención: era la de mi madre. La vuelta al mundo había dado el dichoso librito, leído por mamá y comprado de segunda mano en alguna feria de usados décadas mas tarde por ÉL. Tomé el hallazgo (entre cientos de revistas desparramadas por todo el lugar me fui derechito a ésa, justo a ésa) como una señal pero no hice comentarios.
Sobre el departamento no hay mucho para decir, salvo que pasó ilegalmente a mis manos mediante un subarrendamiento y que tenía el inodoro tapado.

Estaba cantado: nos hicimos novios.
Aún con la intimidad que nos dieron los años (no fue un noviazgo breve) ÉL siempre conservó su postura de esfinge insondable, avalada y –quién sabe- tal vez originada por su tamaño un poco mamotrético: una persona tan visible tenía que hacer algo para pasar desapercibida.
Tenía algo de gurú en eso de mirar un poquito más arriba de los ojos pero debajo de las cejas, un airecito de meditador, de secretos inconfesables y conocimientos únicos, un algo que lo ponía al margen de la humanidad.
Pero era un hombre, y la dicotomía entre su postura y la realidad fue cortando sus lazos con el mundo bajo el peso de los años.
Me contó que era hijo adoptivo, y que sus padres adoptivos habían muerto cuando tenía dieciséis años. Un hombre sin pasado tallando una imagen en el presente, todo muy adecuado para la filosofía de los ochenta.
Yo le creí a medias –no sé porque algo me sonaba raro-, pero en todo caso y por si acaso no lo dije. Perderlo por una duda hubiera sido imperdonable.
ÉL trabajaba en una disquería y tenía grabada en casetes TDK la más imposible colección de música, sonidos inconfundibles y sin autor, ya que para mantener el misterio ËL no escribía nada en las cajitas. Y también tenía un reproductor, así que lo que le faltaba de sexi le sobraba por otro lado y para mí era suficiente. Creo que, además, lo quería.
Claro, acabó dedicándose a la música y grabó un disco poco exitoso pero casi de culto.

Alguien lo tomó bajo su ala y se transformó en su mecenas, con lo que paulatinamente pudo dejar de trabajar y de veras que después de muchas revisiones hizo ese disco precioso.
Fue este medio manager medio padre quien dijo un día refiriéndose a ÉL –La esquizofrenia es una enfermedad muy difícil-.

Del final, sólo recuerdo que empecé a alejarme y una noche se suscitó la escena de las tijeras.
Yo me iba y ÉL quería que me quedara, así que agarró unas tijeras y me dijo que si gritaba o hacía un movimiento me las clavaba ahí mismo. La toma de rehenes duró un par de horas, hasta que me hice de las tijeras con el pretexto de hacerle un lindo corte de pelo y pude salir del maldito apartamento temblando de miedo pero sana y salva. Salí del departamento y también de su vida para siempre: solamente crucé la puerta que cerré con suavidad y bajé las escaleras corriendo.

El tiempo, que todo lo cura y ennoblece, transcurrió como pudo hasta nuestros días.
La vida –insondable- me trajo hasta aquí y andaba hace unos días dando vueltas por la oficina cuando ví que un hombre me miraba fijamente. Lo hacía de un modo muy particular, un poco más arriba de los ojos y debajo de las cejas.
Un piso más arriba caí en la cuenta de que era Él.
Bajé al rato, todavía preguntándome cómo no me había saludado cuando lo ví otra vez y lo llamé con un grito por su nombre.
Pero Él pegó la media vuelta (…y se fue con el sol, cuando muere la tarde…) ignorándome y creo que esto es todo para siempre.

Como les decía, ver el sentido de la trama no es para humanos. Y vivirla para algunos, es mucho.

domingo, 25 de julio de 2010

Strip Tease (la era preyoli)



Bailaba danza contemporánea en el ballet ciclos, de Alicia Orlando, y habíamos conseguido que la Municipalidad nos diera un espacio para bailar folklore latinoamericano en San Telmo los domingos por la tarde, pero era ad honorem (cultura sí, platita no) y las cuentas pasaban por debajo de la puerta de mi departamento sin preguntar si podía pagarlas.
Mi enorme imaginación me dio la respuesta: debía comprar el diario y buscar trabajo. Y ¡aleluya!, los avisos pidiendo bailarina eran muchos.
Con el uniforme de guerra –medias can can rosa, pollera escocesa hasta las rodillas, buzo blanco y zapatitos abotinados negros- me apersoné en la dirección anunciada, Talcahuano a pasitos de Corrientes.

No era, evidentemente, un teatro. Descendí la escalera con el diario bajo el brazo y cargando el enorme bolso de bailarina –lleno de todo lo que podría necesitar en el largo día de peregrinación por clases y ensayos- y a medida que bajaba hacia una ciudad que no conocía el vaho subía: una fetidez inconfundible y ácida, mezcla de cigarrillos apagados, alfombra sucia, licor barato y mugre.

Y no, no era ni un teatrito. Era un puticlub, un cabarute llamado Shaila, en el que me recibió el dueño, un señor altamente desprolijo, que rápidamente me explicó que eran tres entradas por noche, la paga y me pasó con el encargado del local, aún más siniestro y expeditivo en sus dichos. Flaco y alto, con unos anteojos de vidrios como culos de botellas enmarcados en plástico marrón, me advirtió sobre la regla de oro: no confraternizar con las otras bailarinas y mucho menos con las chicas de sala, y me transfirió con el coreógrafo, una marica pasadita de años que debía ganarse el jornal poniéndome una coreografía, cosa que decliné amablemente y pasé a subirme a la tarima que hacía las veces de escenario, poner la música –el bolso incluía grabador y cintas- y mostrar todas mis habilidades. Cerramos en un playback de Rita Lee seguido del eterno streep tease con Melody de los Stones.

Me preguntaron si tenía conchero y seguramente por mi cara se dieron cuenta de que no sabía de qué estaban hablando, así que pasaron a explicarme que se trataba de una pequeño trapito con unas ataduras de elástico que cubrían la conchita (de ahí su delicado nombre) ajustadamente dejando ver sólo lo que se debía ver, que era todo los demás.
Debo reconocer que el primero me lo hice mal, con lo cual la conchita que debía permanecer lejos de la vista del público quedó completamente exhibida durante la primera función, por lo que me mandaron una copera experimentada para resolver la cuestión, y felizmente nuevo conchero y conchita se quedaron en su lugar como dios manda.

Las noches encerrada allí eran eternas. En el camarín, en el fondo del salón y separado de éste por una cortina negra, compartía el rato con una selección dantesca de mujeres. Las había con pocos dientes y llenas de hijos que iban a ganarse el pan, las esposas de presos que tenían que mantener ambas familias (la propia y la del preso), las jovencitas esculturales recién llegadas de alguna provincia inundada que preferían desnudarse a limpiar casas, las putas viejas de tetas y traste flojos y sin ganas de seguir cogiendo por monedas, las chicas de las villas creídas de que estaban comenzando una promisoria carrera como vedettes, el inefable asistente –uno más entre las mujeres-, que recogía y nos devolvía la ropa que nos quitábamos, encorvado y rengo, el pelo sucio pegado al cráneo, tartamudo, desdentado y pajero, y yo, que como les conté, los domingo llegaba en mi bici de bailar folklore, con galletitas de cereal y un litro de leche para pasar la noche.

La historia fue breve: una de las chicas se percató de que yo podría aconsejarla mejor que el coreógrafo oficial y nos encontramos a tomar un té en la esquina antes de entrar. Nos vieron. Nos suspendieron sin paga y fue suficiente: no volví a entrar jamás en un piringundín, pero seguí haciendo el strip para siempre.

Cuadros que laten


Gloria y yo en estas dos fotos de Olkar Ramírez.
El cuadro se llamaba Frisco, una arenosa garganta tipo Tom Waits desgranaba una canción de amores perdidos. Luego de eso, yo hacía un fallido streep tease con Melody, de los Stones. Lo más extraño, como siempre, es lo que no se sabía: el streep era tal cual lo había hecho pocos años antes en un cabaret, solo que entonces no podía ser fallido, mi querido público no lo hubiera aceptado

domingo, 18 de julio de 2010

Las palabras y los días.

Algunas mañanas las palabras descienden como si las musas se hubieran levantado muy temprano. .

Palabras que caen como una parva sobre un chingolo, al decir de Güiraldes.
Cuando el tiempo está indeciso y húmedo como una vagina y espero insensatamente que el otoño se transforme en invierno, lavo ropa que no se seca, cocino platos que no pruebo e intento en vano limpiar la casa. las palabras se agolpan tanto que empiezan a caérseme de los ojos y las orejas..
Las letras se desparraman en el piso como piezas de un scrabel. Si alguien pasara y las juntara, ¿escribiría las mismas historias que yo o se desataría con sus propios cuentos?.

Pedaleo la ciudad hospitalaria del fin de semana y los relatos surgen tiernos como un néctar o abruptos como la lava. O pedaleo o escribo, y si no pedaleo no se me ocurre nada.

Pero otros días las impías descansan y las palabras están ausentes. Me despierto con amnesia de adjetivos.
-El arte es como la ropa: tiene que calzar bien- me digo a la espera de una idea..

Y hay otros cuando las palabras son suaves y moderadas, perfectas para las cartas y las charlas.

Otros en que por allá atrás veo venir una voluntad soslayada. Hay ganas de guerra, voluntad de quilombo, vena de polvareda y ordenar el discurso es un juego macabro.
Yo creía que era un texto, pero eran dos y otra vez debo esperar otro día mas.

Pero llega ese otro día y el silencio me provoca cierto alivio angustiado ¿y si solo queda el silencio?
Son las mañanas bravas comos muñecas tangueras, con poca gana de mucho, con palabras de letras flojitas, fláccidas como la piel de una vieja.
Sin melodía y con menos ritmo. Quedo a la espera de la notificación de las musas.

Y de pronto llega la mañana de palabras firmes, fuertes, reflexivas, todavía sonido sin idea.
Aparecen palabras voluptuosas, una poesía en sí mismas.
Palabras paradigmáticas, cuya sola presencia daría sentido a un texto.
Palabras obsesivas, que sabés que estarán siempre presentes.
Otras que no oís y que nunca dirás pero que, escondidas dentro de la idea, agazapadas en el cuento, estarán mas presentes con su ausencia que todas las dichas.
Esos días nace la historia que contaré algún día.

sábado, 10 de julio de 2010

Rosa, que te quiero rosa


Bicentenario para todos, ciudad desbordada de artistas y espectáculos.
Cálidos discursos recordando que supimos crecer desde una pequeña aldea fundada por insaciables buscadores de oro hasta el primermundismo del siglo XXI.

En un programa de tele los invitados comentaban, entre asombrados y orgullosos, el bajo índice de delitos durante el encuentro masivo. El espectador atento podría pensar que no es precisamente la ausencia lo notable. Y algún desconfiado (muy desconfiado) pensaría que el desaforado aumento delictivo de los últimos años debió contar con la anuencia de los gobernantes. Pero no, habría que ser demasiado desconfiado para pensar así.
Para la performance la dirigencia política, tan de codearse con la creme de la creme de la cultura, convocó a cineastas, payasos, actrices, trapecistas, bailarines, diseñadores y escritores para que hicieran del casco histórico de la ciudad una interminable instalación conmemorativa.
Por unos días se olvidaron diferencias, malos entendidos, hambre e ignorancia.
No sabemos si en lugares tan lejanos como Chaco la gente dejó de vivir en la miseria durante ese lapso, ni si en los confines de la patria lograron enchufar alguna de las miles de notebooks que el gobierno regaló para que de una vez por todas se desasnaran, que el saber es tan importante como el agua y además no ocupa lugar.

El caso es que la casa de gobierno conservó sus galas hasta después del festejo, como un vestido caro que uno no se resigna a dejar de usar. Ahora es mucho mas rosada porque algún escenógrafo la iluminó hasta hacerla parecer un caramelito rosa, rosa bien fuerte y bien rosado. Y le iluminó las fuentes de la entrada a franjas albicelestes, que las hace parecer ondeantes banderas llenas del brillo que nos merecemos.
Pero el broche de oro, la apoteosis del nacionalismo visual, la corona al buen gusto y la delicadeza se la lleva la escarapela.
Es que en la arcada que precede a la puerta de la casa de gobierno (la que solo se cierra por la noche, cuando las desavenencias nacionales e internacionales descansan y retoman fuerzas), la arcada, decía, fue engalanada con una monstruosa y enorme escarapela de neón, de ondulados tubos también celestes y blancos con algún detalle, claro, rosado.
Se ve que llegaron las damas al gobierno, y alguna marica también porque la delicadeza es extrema.

Bicentenario, mundial, se terminaron los dos. Los chorritos te cortan los dedos por tres pesos, los trenes no funcionan, la policía mira para otro lado, los jueces reciben dinero por debajo de la mesa y lo que es mucho peor, los niños no reciben comida ni educación, lo que es lógico si comprendemos que son los votantes del futuro.
Pero la casa rosada está re linda, y se espera que vestirla de kermese no haya sido en vano: todavía podemos guardar los adornos para otra ocasión.

domingo, 4 de julio de 2010

La última noche que pasé contigo: el programa.


Los créditos al pie dicen (escritos en la lettera 22, como siempre):

LOS YOLI SON: DORIS NIGHT, GRANOFERTA PLANTRESPAGOS, MIGUELITO (Fernández Alonso, quien partió para no volver mas), CRISTIANO SEPULTURA (Trincado en su versión 80). COREOGRAFIA: EDGARDO NEGRO MILLAN. ASISTENCIA GENERAL: BOTIKA (Ale, La Turca). PUESTA EN ESCENA: LALIKA (Liliana Carro). AUDIO: PABLO F.M. (Fernández Mouján). IDEA ORIGINAL. DORITA NOCHE. VESTUARIO APORTE DE TRAPOS, ANITA TORREJON Y PARIENTES (NOSOTROS COSECHAMOS). CORTES Y PEINADOS: GLORIA GARCIA, FLORIDA 943. MANAGER. SUBWAY AGENCY, TE.35-8992. AGRADECEMOS A LA IGLESIA, EL ESTADO, LA FAMILIA, LA CULTURA OCCIDENTAL Y DEMAS INSTITUCIONES, POR NUESTRA EDUCACION.

El show se llamó PITUCAS CON LECHE porque el invierno era crudo y lo pasamos a café con leche y pan con manteca. Las tucas las apagábamos en lo que quedaba en la taza.

sábado, 3 de julio de 2010

La última noche que pasé contigo.

Tino había partido.

La Pannullo se había autoexiliado deprimido después de las críticas de un extranjero.
Marito y Gloria hacía tiempo que se habían alejado buscando sus propios rumbos.
Batato hacía lo suyo.

No comprendí a tiempo que sin grupo no había grupo, así que munida de una corte de asistentes comencé a audicionar para un nuevo espectáculo.
Desde maricas de disco hasta Gambas, muchos talentos y no tanto desfilaron por la sala de ensayo de avenida Santa Fe.
La nueva agrupación quedó definida: Miguelito Fernández Alonso, Cristian Trincado, Edgardo Millán, un personaje que aparece en una foto y cuyo nombre nadie recuerda y por supuesto yo.
Sala: El Depósito, casi nuestra casa,
Show: un engendro con matices magníficos, en el umbral de la fineza, con audio sofisticado y delicioso llevado por la hábil mano de Trincado y una acidez feroz: entre número y número Miguelito se arrastraba por el escenario sobre un skate portando en la espalda (las manos las tenía ocupadas en darse impulso) un cartel que decía: “Rampas sí, escaleras no”

Sin temor ni esperanza, presentamos el show por única vez.
Y Los Peinados se fueron a dormir.

viernes, 25 de junio de 2010

Porqué Doris Night, porqué...

En LOS PEINADOS YOLI, la elección de nombres de fantasía fue mucho más que eso, cosa que descubriría después muchas concienzudas y trasnochadas miradas al pasado.


Más (mucho mas) que un juego, el uso de seudónimos suprimía los honores individuales y planes personales para generar un sentido de pertenencia al grupo, que por otra parte tenía, quedó bien clarito, sus propios planes, ideales y rumbo.
Ésa, integrar un conjunto, era la propuesta implícita, pero no todos los estómagos estaban preparados para el platillo.
Hubo quienes tomaron el compromiso impensadamente y sin intenciones de cumplirlo.
Pero ésta es justamente  la historia que no voy a escribir.

El Doris Night me lo elegí cuidadosamente (tenía pisándole los talones varios seudónimos que me describían como la cruza de empedrado y asfalto que soy)
Antítesis de la suave y deliciosa Doris Day de los 50, con cuya imagen de femineidad y rubio pelito siempre arreglado en una melena con spray y sonrisa embobada crecí.: las películas de la dulce Doris en jardinero cantado canciones de amor pulsadas en una gutarrita mínima, casi de juguete, junto a las vaquitas en blanco y negro pastando pastitos de mentira, o con su cinturita de avispa ceñida por un vestido inmóvil asistiendo a cocteles light (también en blanco y negro y doblados al castellano) en los que la vida era color de rosa, simple y fácil. El sueño americano, una imagen recortada y pegada en el deseo de una generación entera.

La sorpresa fue que no sólo yo era la antítesis de la divina Day: ella también estaba en las antípodas de sí misma.
Resultó ser que la señora era una alcohólica incurable, madre abandónica y severamente promiscua.
Sus novios de la pantalla grande no le iban a la zaga. El novio más novio, Rock Hudson, ídolo indiscutido de varias generaciones, paradigma del hombre de familia y padre ejemplar, fue un gay silencioso por necesidades hollywoodenses, hasta que no tuvo más remedio que destaparse para confesar que cargaba con la cruz de lo que entonces era la peste rosa, un sida que lo devoró en poco tiempo dejando boquiabiertas (no de pena sino de asombro) a sus admiradoras de décadas.
En los 50, de eso no se hablaba.

El cine, plagado de machotes que en privado se sentían más cómodos de encaje y tacos y que elegían como compañeros de lecho a machotes mas machotes que ellos, no permitía que el chisme de una presunta homosexualidad enturbiara el mundo que quería mostrar: un mundo perfecto y heterosexual, perfecto y sin enfermedades molestas, sin errores ni niños hambrientos, guerras o maldad. La pantalla grande (seguida luego por la chica y toda la industria relacionada a ellas) nos daba, junto con el valium, el gran calmante. Nada podía salir mal si cumplíamos con el pacto de silencio.

El tiro salió por la culata: siempre hay algún bocón, siempre un trasgresor con ganas de cantarle las cuarenta a la cultura institucionalizada.
Muchos años después de la gran Doris Day, a quien la historia le cobró sus propias cuentas, y muy al sur, en un lugar que entonces parecía abandonado de la mano de dios, donde la vida y la muerte eran señaladas por los enjoyados índices de un grupo de milicos locos , apareció Doris Night, porque así fue nuestro destino.
Ella eligió ser sus antípodas, yo, parecerme mas a mí misma.

viernes, 18 de junio de 2010

El Gran Señor Micozzi (los corazones siguen latiendo)



Noche de sábado, es el indeciso otoño de 2010.
En calle Corrientes varios elencos se esfuerzan repartiendo volantes. Y en la esquina de Rodriguez Peña un megáfono anuncia otra (LA) función.

El teatro Moulin Bleu es un cine porno devenido en teatroconcert. Se le nota el pasado en el foyer estrecho (nadie quiere hacer sociales en la boletería de un cine porno) y en la sala, de escenario bajo y ancho, justo del tamaño de la pantalla de cine donde otrora se proyectaban las imágenes que agitaran manitos y entrepiernas, redecorando el lugar con las estalactitas de semen invisibles a las que el mismo Pablo hace referencia más tarde. Nada de escabroso ha quedado en este espacio acogedor y bonito, aunque la sensación de que en cualquier momento aparecerán en el escenario los efebos prodigándose su afecto o la bataclana somnolienta es vívida.
Pero no.
Ni los jóvenes musculosos y calientes ni las piernas vedetustas envolviendo el caño.
Lo que aparece es el tremebundo Señor Micozzi surfeando un duende amenazante que con sazón galaica sentencia: los espectadores después de hoy nunca, pero nunca más querrán ir al teatro.

Parte entonces el vuelo rumbo al lado más bestia de nuestra sociedad, piloteado naturalmente y en todo el sentido de la palabra, por el comandante Micozzi.
La escenografía es escueta, los objetos –coleccionados, elegidos y reavivados- contados con los dedos de las manos. El vestuario sólo un poco más amplio que la escenografía pero tan cuidado como los objetos, en algunos casos altamente descriptivo y en otros diametralmente antagónico. Veo la mano de Tino Tinto (director artístico) en el sereno pulido de la gema.

Las armas del comandante (entre las que no falta ni sobra nada), son su propia humanidad , que muestra y deforma y transforma en esa cosa que tiene de no mostrar la belleza ni ridiculizar la deformidad, y las palabras, que arrasan a la audiencia a la velocidad de la luz y siempre ajustadas como un guante.
Pablo usa muy bien el lenguaje, eso está claro, pero tiene guardada en el bolsillo derecho de su mente maligna un arma aún más letal: el silencio, que aprovecha, como la segunda daga de un guerrero, dejándonos suspendidos y sin aliento. Si hablando te enmudece, silenciando te compromete de tal modo que quedás al borde de tu propio abismo.

En el trayecto entre lo desopilante y la ternura más íntima, casi de mesita de luz, Micozzi se detiene en todos los estados posibles, descarnándolos de a uno con prisa y sin pausa.
No hay cinismo y no hay burla. La risa que provoca tiene mucho de exorcismo y remedio.
La emoción final del espectador es definitiva. Así como el blanco es la síntesis de todos los colores, el júbilo sintetiza el gran paseo emotivo del Señor M.

Describir los personajes de la fauna urbana que desfila por el escenario de la mano del almirante es una tarea desatinada, porque no vale contar lo que hay que ver.
Pero hay que aclarar algunos puntos: después del Rey Lumpen, mis viajes en tren nunca serán lo mismo. El furgón albergará a partir de ahora amenazantes mellizos de Micozzi con sus churros encendidos. Después del portero antiputo, todos los porteros serán para mí locas solapadas. Desde de la cheta, todas las rubias taradas son nazis incondicionales. El Payaso Mico me sumirá en la depresión cada vez que vea un payaso (la Barbie Cadáver me provoca tener una sobrinita). Estar con el Hincha, me hará reir de mi patria futbolera y cantarle a la hinchada en terapia. El nerd hace que cada vez que me acerco a una pc se me ponga la piel de gallina hasta el alivio de la melodía de microsoft.
En síntesis, la excomúnica del primer cuadro se vuelve realidad: después del Señor Micozzi una parte mía se ha perdido transformada en lo más brutal de mi ciudad.

El comienzo es tibio pero no tímido.
La cosa se va enardeciendo hasta llegar a decibeles de hilaridad bestial. Los espectadores quedan al borde de las sillas sin remedio. Intentan mantener las formas pero no es posible. Querés subir al escenario, abrazarlo, agradecerle, llevártelo a casa para preguntarle cómo hace para sacarle una sonrisa a la miseria y una lágrima a la normalidad. Hasta los más fogueados (yo lo he visto, se los juro) quedan despeinados de tanto reírse.

Micozzi lee el mundo en un viaje con sentido y significado.
Los cuadros parecen sucederse unos a otros sin conexión aparente, pero no se dejen engañar, es otra trampa de Pablo para que creamos que todo es muy ligero y sólo se trata de teatro ácido. Nos engatusa para bestializarnos.
Tan seguro está del éxito de su estrategia que se permite el lujo de corregirse sobre la marcha ensartando en medio de una parrafada sin respirar un revelador “uy, qué quilombo que es esto”.

Pero mientras creemos que esta mirada de nuestra ciudad es sólo una farsa, comienza a filtrarse inadvertidamente el personaje mayor: el mimísimo Pablo Micozzi reflexionando sobre su trabajo como una babushka dentro de otra, pensando en sus propias reflexiones escénicas en un interminable diálogo consigo mismo.

No le demos mas vueltas. No detallemos mas.
Se trata del Bestial Sr. Micozzi hablando del Lado Más Bestia de la Vida.

sábado, 12 de junio de 2010

Presentación en sociedad (en cada show y cada latido)

“El 32 de marzo de 1986 un cable publicado y diferido por todos los medios anunció esta notable conquista científica: pruebas corroboradas por el Institute for Infection Desease de la Tokyo University sostienen las excepcionales propiedades que … LOS PEINADOS YOLI … poseen contra la calvicie.
Esta droga ha sido llamada a desempeñar en su especialidad un papel tan preponderante como el que en el campo de la medicina desempeñó la penicilina.

LOS PEINADOS YOLI contienen: Imaginación, droga de la planta stephanai in monacum cultivada en la isla de Formosa y de activa acción antidepresiva y antiaburreica, maleato de pirisamina, auténtico modelador de TU vello, vitamina A, 15.000 unidades en cada show, vitamina B12 ídem, y lauril fosfato encendido, que abarata los costos sin disminuir la calidad.
Señora, Señor, péinese con Los Peinados Yoli.
Y recuerde, vaudeville es cultura.”
Este texto fue tomado de una publicidad de jabón de alguna revista de los cincuentas (ésas de fotos pintadas y propagandas con dibujos de gente eternamente feliz), y le hice los arreglos que saltan a la vista. La publicación provenía de la interminable biblioteca alternativa de Tony El Carpeta (Rafael Bini), que continúa adusto y retirado.

La fecha, 32 de marzo de 1986, la elegí al azar, sólo por poner una imposible. Pero resultó que el ’86 terminó con los Yolis devastados como grupo, cada cual haciendo su camino hacia lo que le tocaba en suerte. ¿Fue una premonición? ¿Quedé marcada por mi propia decisión?

La frase final, vaudeville es cultura, es un tema aparte. Pero como para ir adelantando camino, se nota que nuestra historia como grupo, a primera vista aleatoria, llena de casualidades y golpes de suerte o lo contrario no lo era tanto. Había una mente activa que ponía sentido a todo lo que hacíamos, se enunciara o no.

El hecho es que lo grabamos en el estudio de Aspirineta-Subway (en realidad fue una lectura a micrófono abierto y le pusimos unos ecos como para tapar los ruidos de los vecinos) y era la presentación que se oía en off justo antes de empezar cada show, aunque pasaba bastante desapercibido por razones como los ánimos expectantes y la mala calidad sonora.
Pero tanta era su importancia como declaración , que si los Yoli hubieran sido un libro, sería su prólogo.

sábado, 5 de junio de 2010

La Filgueira (brevemente Peter Pirello)


Marito no es sólo un par de piernas largas ni una carita de ángel caído.
Marito no es sólo la mujer más malvada y depredadora que alguien pueda imaginarse.
Marito lleva en sus ojos duales las marcas y los llamados de todas sus naturalezas. Esos iris son dos piedras preciosas con infinitas facetas, y con cada acción, con cada gesto, Marito es uno y otro y otro.
La larga y devastadora contienda que todos los Maritos llevan adelante hace siglos no se ha definido aún.
Pero algo sabemos: el brevemente humilde joven devino en la largamente soberbia mujer y la mirada cándida se perdió en el deseo. ¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido!
Compartimos, para no variar, un amante, abogado en desuso y hoy día aún dedicado a la autocomplacencia y las causas ecológicas. Más de una vez fui a la casa del novio compartido en busca de un revolcón (y tal vez un abrazo efímero) sólo para encontrarme a la Filgueira ligerita de ropas y tirada en la cama, ganándome una vez más de mano en la carrera de los polvos contados.
Circular por los mismos lechos no hubiera sido nada si nos hubiéramos detenido ahí. Pero no.
Es que Marito y yo también fuimos amantes (entre nosotros quiero decir)
Fue para el 86 durante las presentaciones en Cemento y tengo el recuerdo de las correrías por cocteles de camarón en el Edelweiss, sexo rogado y rápido y partidas ya de mañana para ver por dónde seguir.

Tal vez les esté diciendo poco de Marito. Tal vez ustedes estén esperando alguna historia que los haga llorar de la risa. Tal vez yo lo conozca poco a Marito.
Pero déjenme agregar algo: tal vez no esté todo dicho y Marito llegue a la gloria que se merece, porque al fin y al cabo es un grande y ¿cómo no perdonarle sus traiciones?.

jueves, 3 de junio de 2010

Algo de gráfica y una "noticia" (nunca nos prometieron un jardín de rosas)

Material de Tino, que comenta que son Omar Grassso y Roberto cossa viéndonos.

miércoles, 2 de junio de 2010

Otro show, y el corazón no paraba de latir.

Vale la pena leer en detalle toda la data de este programa. Bello e histórico.

viernes, 28 de mayo de 2010

Un paseo con Dorita Noche

                                                                                                                                 



La Filguiera y yo éramos uno de los equipos fuertes en la venta del show.
Aquella noche salimos seguros de que en esa disco seríamos bienvenidos. Disco gay: número ganador.
Llegados a la puerta del lugar nos topamos con la doble entrada.

La primera para los saludos informales y algunos roces. En la segunda estaban los porteros, encargados de separar el polvo de la paja y dejar bien claro que el local se reservaba el derecho de admisión y permanencia.

Ya en esta segunda aunque temprana etapa, la Filgueira desapareció delante de mí tragado por la gente, mientras un señor muy bien peinado me apartaba por el brazo de la intensa circulación de locas y me susurraba amable y definitivamente: -Como vos no permitimos-.

Me quedé ahí parada y ligeramente confundida mientras el señor bien peinado me seguía tironeando suavemente del brazo. Algunas ideas peregrinas cruzaban como ráfagas por mi cabeza ¿sería que tantos años de discriminación habían enloquecido a las maricas y se vengaban segregando a las mujeres?.

Tanto tardé en reaccionar (en no hacerlo en realidad) que la Filgueira tuvo tiempo de dejar por un momento los saludos y bienvenidas y volver sobre sus pasos, para encontrarme aún en aquélla segunda puerta de porteros.

Intercambiaron con el ya no tan amable y algo desesperado señor bien peinado unas palabras que no alcancé a oir al tiempo que una corriente invisible nos arrastraba a lo que resultó ser una amplia oficina a un costado de la pista.

Allí otro señor (tan amable, bien vestido y mejor peinado que el anterior y presentado como el gerente del local) fue el encargado de darme a entender, con palabras que mi furia me permitía captar a medias, que en esa disco los que no eran bienvenidos eran los travestis.
Lejos de iluminarme, los dichos del segundo señor me sumieron más aún en la ignorancia, y así siguieron pasando los minutos mientras digería lo que el hombre trataba de no decirme. (Yo separo, tú separas y terminamos todos revolcaos en un merengue).

Y se hizo la luz.

En la dimensión desconocida de la transexualidad, en el epítome de la androginia, comprendí lo que me estaban diciendo: EL TRAVESTI ERA YO.
Entonces el tiempo recobró su ritmo normal y las imágenes una secuencia lógica. La locura me había devuelto a mi terreno.

No dudé.

Rápida y decidida como un guerrero de la contracultura, en lugar de sacar una katana y descabezar a esa manga de sonsas de sonrisas fingidas, me abrí la camisa y mostré impúdicamente mis dos tetas de carne y hueso.

La exhibición no dejó lugar a dudas sobre mi sexo de nacimiento y toda la escena se detuvo para siempre mientras el señor mejor peinado me decía –Está bien, cerrate-.

Descartando de plano las disculpas de todos los presentes y con Mario desternillándose de risa, nos fuimos dignamente a la barra para dejarnos invitar unos bien merecidos tragos mientras evaluábamos las propuestas de contratación.
Desde entonces llevo con orgullo los motes que cualquier otra mujer rechazaría: puto, maricón y Doro, y que han sido parte de los cimientos de este mito del under que suscribe.

viernes, 21 de mayo de 2010

La nota de Roberto Jauregui (material cedido por Tino Tinto)


Homenaje a Roberto Jauregui (texto de Tino y Doris)

Tino y Roberto Jáuregui se conocieron luego de alguna función de varieté, en el escueto circuito gay y artístico de la Buenos Aires de los 80, el mismo circuito donde algún tiempo después Roberto presentaría su banda teatral THE PLAYBACK PLASTIC SHOW. Hacía una Marilyn morocha que terminaba muerta de un tiro . Una delicia para la época, cuando todos querían marilines blondas, sonrientes y con el vestido blanco volando al pasar el subte.

El transcurso del tiempo los igualó en una amistad que sólo rompería la muerte.
Entre sus notas periodísticas y militancia, Roberto se hacía tiempo para trabajar atendiendo un local de ropa sexysado en Santa Fé y Pueyrredón, donde muchas tardes Tino lo lo visitaba entre medio de ensayos, notas y pruebas de ropa y charlaban de teatro y “locuras nuestras”.
Y los sábados ¡ahh, los sábados! se hacía tiempo para recibir en el cotorrito de Barrio Norte a Tino y a Batato en yunta con comilonas célebres por el alimento y la poesía que circulaban.
Tan unidos andaban estos tres que el Tino y Roberto fueron los primeros en llegar al velorio de Batato, y fieles a la vieja costumbre arrastraron a visitantes hoy famosos (famosos de la tele) a una nueva comilona, ésta vez en un restaurante y para recordar al finado.

Pero de todas las facetas de Jáuregui, la que Tino más recuerda es la del hombre de lucha, un ser completamente humano con una sensibilidad única y una misión bien clara.
Fue el primero en confesar, nada menos que en un almuerzo de Mirta Legrand y frente a toda la teleaudiencia que tenia hiv.
Destapar la olla, lejos de de condenarlo un esperable ostracismo lo puso más activo que nunca, y continuó incansable con su lucha por los derechos gay a través de la CHA, para la que Tino y Karina K hicieron un show en Palladium.

Pero como a mí me gusta recordar a la gente por su vida, les dejo la nota que Roberto escribió para nosotros, Los Peinados Yoli, documentándonos por primera vez en una publicación.

martes, 18 de mayo de 2010

Experimet (un show muy rockabilly)


Vinieron a contratarnos, y luego apareció un muchachito aparaguayado para organizar el show (que fue MARAVILLOSO). Insistía e insistía en que la puerta de la disco estaría ambientada con un "candilay". Nosotros nos hacíamos los entendidos.
La entrada de la disco era un... Cadillac.

sábado, 15 de mayo de 2010

El desembarco galo (Pura ficción. Cualquier similitud con hechos reales es mera coincidencia -¿o no?-)


Nadie se explicará jamás los motivos que impulsaron a los galos Michelix y Jeanfrancingentorix a atravesar el peligroso océano para venir a este páramo cultural cuando el proceso seguía su curso y travestirse era prohibido por ley con una cláusula antiputo conocida como 2H.
Unos dicen que amigos poderosos los apoyaban, otros que habían tejido maliciosas redes con altos productores y fuertes alianzas con ricos artistas exiliados, y no faltó quien los acusara de relaciones carnales con algun diplomático de turno. En cualquiera de los casos, y reconociendo que todos los motivos suenan en el fondo bastante parecidos, la antiquísima institución del mecenazgo les cayó como anillo al dedo y llegaron a estas pampas quemando las naves.

Ese era el principio del fin de cualquier movimiento teatral local nonato que coincidiera en algún aspecto con las obras que éstos artistas foráneos representaban.
La técnica milenaria de los extranjeros, heredada por sangre luego de cien generaciones de conquistadores, fue tan simple como siempre lo había sido y tuvo el mismo éxito que siempre había tenido: divide y reinarás. Y si no puedes derrotarlos, alíate.

Los Peinados Yoli no debimos ser víctimas de esta conspiración. Pero hacíamos playback. Pero nos travestíamos. Pero estábamos surgiendo con mucha bulla en el horizonte teatral. Pero nosotros nos reíamos de sus caviares con nuestro “Crepúsculos de Salmón”. Pero estábamos jodidos.

Es que era tan adorable ver a los franceses y su corte entre nuestro público cuando venían a los pubs luego de sus propias funciones, que no nos dimos cuenta de que por ahí se venía la noche. El sistema, que no había podido silenciarnos, nos había atacado con un arma de última generación. Era el principio del fin y muy, muy al principio.

Michel Delhaye y Jean Fracasanovas se pelearon tibiamente por todos y cada uno de nosotros durante un largo año.
Con la única excepción de Gloria, que ya era portadora de fama individual, Fracasanovas (un talento mayúsculo, un ego inabordable, una femineidad inalcanzable) fue más paciente y ganó la contienda peleando las batallas de a una.
Aunque tuvo que ponernos en el cartel como LOS PEINADOS YOLI en la presentación de Piano Bar, nunca más cedería un milímetro de terreno. El estratega dispuso que a partir de entonces seríamos caviar o nada y sin seudónimos Yoli. Debíamos figurar en los programas con nombres reales, pero saludar al público con peluca.

Alegría tras alegría todos partiríamos del lado del europeo y la alarma de control de daños sonó con diferente intensidad en cada caso
Él francés vive y nosotros, los que sobrevivimos (no a él sino a nosotros mismos) también. Los diplomáticos han fallecido junto a los muertos.

Le Cirque (un yupi en apuros)


Por el 85 Donati (en adelante ÉL) pergreñó la revista Le Cirque. Yupi que fue mucho antes que se acuñara el término, dedicó el magazine a la fashioncracia y sus chimentos y la lanzó al mercado con una gráfica decididamente innovadora que resaltaba como una rosa negra en los puestos de diarios.
Dueño, editor, director y supremo de la publicación, organizó para presentarla la fiesta del año en New York City, reina entre las discos.
Junto con su novia Susana Romero (en adelante ELLA), una morocha infartante y simpatiquísima amiga de Tino, organizaron para la ocasión varias presentaciones que alegrarían a sus amigos en el transcurso de lo que debía ser una larga noche. En fin, una fiestonga privada gigantesca. Y nosotros el número vivo.

Llegamos como siempre, con los ruleros, la valija de make up (una samsonite gris con nuestro nombre y lunares amarillos pintados en aerosol) y toda la parafernalia de utilería y vestuario habituales para los tres o cuatro cuadros que presentaríamos.
La estrella de la noche era el famoso vestido de Violeta Rivas que me había costado el sueldo y que Tino finalmente estrenaría, para lo que convocamos al mismísimo modisto, el Maestro Garello por cualquier retoque que pudiera presentarse a última hora (un ruedo arrancado por un taco, un cierre despegado o un bretel suelto).

Hicimos la primer entrada y ni habíamos llegado a la mitad de la presentación cuando el mismísimo ËL, bastante beodo y risueño como buen terrateniente, se apersonó en el camarín anunciando con su acento de barrio norte que ya estaba bien: sus cortesanos no necesitaban más diversión.
En un gesto imposible para él, Tino, que estaba calzándose trabajosamente los tacos aguja, se incorporó y en medio del silencio sepulcral que había generado la declaración del susodicho lo enfrentó y bañándolo en sudor y saliva le espetó un “imposible”.
Yo, para no ser menos, le lancé el célebre “mis chicos hacen el show hasta el final”.
ÉL declinó la exigencia y se fue de nuevo a la fiesta, con la misma sonrisa pero la copa un poco más vacía.
Fuera de sí, en una rebelión histórica que ni Garello logró calmar, Tino se fue volando a buscarla a ELLA, arrastrándome como un barrilete entre los flashes de los fotógrafos desesperados por lograr una nota.
Las escaleras de la City parecían , iluminadas como estaban por la ansiedad de los periodistas, Saigón bajo fuego.
Escoltando al embravecido Tino atravesamos la multitud transida de efímera alegría hasta dar con ELLA, que increpada por la interrupción de nuestro acto mandó a algún chupamedias de paso a buscarlo a ÉL.
Pocos minutos después el chupamedias volvió sin Donati pero con un puñado de dólares nuevecitos que pagaban, plus tip, el interrumpido show en su totalidad. El magnánimo gesto calmó los ánimos por completo y combinamos un encuentro en dos días en las oficinas de la revista para charlar. Como lo valiente no quita lo cortés y más vale pájaro en mano, nos retiramos agradecidos, con un pocos menos de dignidad pero el bolsillo excepcionalmente lleno.

Puntualmente asistimos con Gloria a la cita (no fuera cosa que Tino se saliera nuevamente de las casillas). ÉL nos recibió en su magnífica oficina con vista a plaza San Martín y departimos amigablemente un buen rato, adulándonos los unos a los otros, y sin mayores novedades nos retiramos contentas por los halagos.
Pero todavía faltaba lo mejor.
A un pasito del ascensor que nos alejaría nuevamente de la paquetería, la secretaria del augusto nos chistó –Chicas, se olvidan algo-.
Reculamos esperando encontrar alguna peluca o un paraguas pero no.
Era el cheque con la paga del show (plus tip).
Donati, olvidadizo como todo hombre con tantas obligaciones, pagó doble.

lunes, 10 de mayo de 2010

Casi ángeles


Foto tomada en la terraza del Centro Cultural Recoleta tal vez en el 85. Imagen cedida por Tino. Y (como bien recuerda Tino en una entrada anónima -siempre fue modesto-) la foto es de Jorge Fama.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tino Tinto (un budista en acción)


Producto de cruza mágica entre un tucumano de pelo azabache liso como una mármol y una española pequeñita con los ojos del color del cielo de primavera, paseó su belleza gastando tacos y borcegos ( como dice él) por todo escenario y bambalina que quisieran recibirlo. Tino no le hace ascos a nada: como actor, como bailarín, como silencioso asistente o como director, mientras que esté en el teatro es feliz (una cosa por año, sigue comentando).

Oriundo y aún ciudadano de Gerly (Fernando Arrosho Ashende Aveshaneda, le decíamos arrastrando la ye), de su fidelidad al barrio habla a las claras la ocasión en que el muchacho debía salir de gira con famoso elenco: el hado le lanzó una lluvia tan furibunda que su localidad quedó aislada por primera vez en la historia tras la inundación. El joven debió cruzar su querido puente que aún fotografía con cariño a pie, con el agua por las rodillas y la valija sobre la cabeza. Llegó tarde al vuelo pero con tan buena suerte (siempre que llovió paró) que su avión llegó a destino antes que el del resto, lo que significó para él instalarse en sus habitaciones cómodamente y disfrutar de la paz de la soledad antes de la llegada de un dicharachero pero a veces demasiado bullicioso elenco.

Siempre el más coqueto de los Yoli , aún hoy se retoca el cabello impecablemente cortado y se alisa la ropa que parece recién estrenada antes de una foto.
Fue esta coquetería innata la que ocasionó nuestra única disputa allá por el 83.
Estábamos montando un cuadro de Violeta Rivas que Tino protagonizaba y llegó el momento de que el morocho se agenciara su primer vestido. Dado que él nunca se ha puesto ni un calzón sin planchar, no se le ocurrió proveerse de la prenda en cuestión en algún arcón olvidado, ni por donación o feria de pulgas. Tampoco lo tomó permanentemente prestado del ropero de Maruja (su madre).
No , nada de eso: Tino se mandó a hacer el vestido en crepe georgette de tonalidades celestes y verdes que tan bien engamabann con su mirada, con deliciosos botoncitos forrados y ojales cosidos a mano, cintura alta y espalda descubierta, cortado a la medida y probado hasta la perfección por el maestro de la costura Garello , y se apareció con la cuenta pendiente de pago ante la producción, olvidando el detalle de que esa producción era mi escueto sueldo de empleada pública.
Armóse entonces un tremebundo tole tole en el que nadie sabía por quién tomar parte (al fin y al cabo el vestido era divino), y ni los insultos ni el llanto provenientes de mi incansable bocaza y que ensayé sin éxito ante el elenco todo lo conmovieron.
Al final y como siempre ganó su voluntad inquebrantable (y el voto unánime del grupo): en cuotas, pero la deuda fue oblada hasta el último céntimo y el magnífico trapo estrenado con grandes aplausos.

Es (como se define a sí mismo) mi hermano del arte. Paciente y permanente como una especie aún no descubierta, de un gusto extrañamente exquisito, sólo en el confío con los ojos cerrados y el corazón abierto, si él lo dice no miro, ni me fijo ni evalúo.

Y yo, aunque parezca mentira, siempre fui dirigida por el Maestro de la Inacción, el Gran Tino Tinto, a quien nunca me atreví a preguntarle el secreto de su nombre ¿porqué Tinotinto, Fer, porqué?

viernes, 7 de mayo de 2010

The Very Beginnig (material de Tino)


Las piernas de Peter, el mirá mirá de Billy (Batato), la mirada de río de Tino y al fondo yo como quien no quiere la cosa (más tarde aprendería a posar)

Foto de sesión seguramente de Olkar Ramírez cedida por Tino.

jueves, 6 de mayo de 2010

Primer Crítica (Pelo, circa 1983)


Yo trabajaba en el Correo Central como clasificadore manual de correspondencia (delantal celeste, taquitos aguja, cresta y bicicleta incluídos).
Ese sábado gris y frío Tino me llama para anunciarme la aparición de la nota: salir corriendo a comprar la revista y lágrimas de emoción. El cielo se hizo Yoli.

martes, 4 de mayo de 2010

SHALOM GLOWCITA (te quiero mucho, te voy a matar)


Inversamente proporcional, tan pequeña con su metro cuarenta de estatura como gigante en su talento llegó a Los Peinados Yoli con sus propias aspiraciones y su camino marcado: ella quería ser famosa.

Nacida Marta Gloria Handfus, nieta de la gran actriz judía Bela Ariel, marcó su impronta a fuego, no tanto por los aportes creativos cuanto por el carácter y los tonos que nos impondría. Mujer fiel a su imagen, la recuerdo más como imagen que como mujer.
Era una rubia ceniza enormemente diminuta, con panza camisa y divina nariz judía, atributos ambos que la tele le borró por razones de cartel.
Esa vocecita deliciosa y atractiva cantaba y declamaba porque en los 80 ser cantante era lo más cercano a la fama que se podía imaginar. Pero el tiempo transmutó los cánones de la fama y le dio, como ya vieron , nuevas ideas que le cambiaron (aunque no tanto) el rumbo.
Madre del “cabicha” para definir lo mínimo y pobre, del “puto” espetado con una ronca risa como un halago mayor, del tono arrastrado de madre moishe para hablar, tenía cuando la conocí un departamento de casada en Caballito lleno de supermanes de todo tipo, libros con fotos de cine, objetos con el logo de coca, marylines, bogarts, globos, ceniceros y cuanta imaginería sesentosa se pueda imaginar. Su casa era una salita de juegos y ella era el almohadón rosa de peluche más acogedor y peligroso de la salita.

Y lo nuestro fue un amor odio inmediato y eterno.
Saltábamos de andar a cococho por Chacarita (ella a upa mío, obviamente) a la tardecita en los descansos del ensayo a arrancarnos los ojos con discusiones de lenguas tan afiladas que dejaban a los muchachos malheridos y agotados de tanto puterío insano.
Ësta es la verdad de la milanesa y el gran secreto de nuestra disputa, sólo la miseria de los celos femeninos, dos mujeres poderosas enfrentadas por nada: yo nunca sería una cantante famosa y ella nunca sería la madre de Los Peinados Yoli. Un poco de sentido común nos hubiera ahorrado esta separación o le hubiera dado, al menos, un buen fundamento.

Ya distanciadas sin embargo, tuvimos un roce impersonal en el que nunca la nombré pero le dediqué directa y certeramente un golpe samurai de ésos que cortan siete cuerpos apilados de un sablazo y del que no me arrepiento. Reuní el devastado ejército, cerré filas, arengué a las tropas y publiqué todas la gacetillas que pude: no le permitiría, a ella ni a nadie, usar el nombre de los Yoli en vano y sin consultar.

Fuera de estos detalles escandalosos, Gloria habló de sí muy claramente a través de su carrera: de Pepito Cibrián a los Yoli, de allí a cantante de rock (con mucho brillo), sin más a la troupe de señoritas Olmedo y por fin el hoy (con algunos otros pasos de rockanroll), cuando transita orgullosa por los tangos en idish, haciendo honor a sus orígenes.

Déjenme hablarles de enorme placer que era estar con ella en el escenario, recuerdo miles de miradas y sonrisas arrobadas.
Tanta era la gloria (válgame la redundancia) de trabajar con ella que en el show que hicimos un 31 de diciembre en El Murciélago, me sorprendí en medio de un orgasmo al bajar del escenario.

Y ahora es que recuerdo el porqué de su nombre.
Un día Marito Filgueiras, encantado con alguna gracia de la petisa le espetó la mariconada “¡Ay, sos divina, Gloria!”. Ella eligió el Divina. Yo le dedico la Gloria.

sábado, 1 de mayo de 2010

BATATO: un regalo de Sergio Fombona (GRACIAS!!)


Aguafuertes de los ochentasCentro Parakultural Capital Federal, 1986El Parakultural funcionaba en la calle Venezuela, en el sótano de un edificio que se venía abajo, donde anteriormente había habido un teatro que se llamaba De la cortada, porque justo al frente, como en la intersección de una te mayúscula, nace el pasaje 5 de Julio, que consta sólo de una cuadra. Recuerdo que la primera vez que fui era sábado y estábamos junto a unos amigos tomando cerveza en la puerta antes de entrar, cuando vemos venir a un personaje corpulento, que parecía el novio travestido escapado de una despedida de soltero, acarreando un bolso enorme. Llevaba puesto vestido de novia con voladizo tul blanco que le quedaba ceñido, repitiendo el arreglo de tul en la cabeza y aros en forma de bolita que casi le llegaban hasta los hombros. Se había bajado de algún colectivo en la calle Piedras y venía caminando apurado para hacer su función esa noche, supe después. ¿Y este quién es?, se me ocurrió preguntar en voz alta; mis amigos no tenían ni idea. Pero un punk que también bebía, aunque vino envasado en cartón sobre la calle de adoquines, luciendo una cresta bien conservada, me ladró: Batato Barea, como si insultara, y al verlo pasar al lado nuestro por la corta vereda, me enteré que lo conocían casi todos los que se encontraban en los alrededores haciendo tiempo o colocándose para entrar. Batato Barea, repetí mentalmente. Justo me rozó sin querer con el bolso, por eso noté su expresión de sorpresa: era como si al devolver los saludos recuperara esa alegría que se pierde en la niñez. Descubrí que el escote dejaba ver el nacimiento de sus pechos, la boca roja con pintura corrida, aquellos párpados borroneados de negro. Algunos le palmeaban la espalda, otros le daban besos, él simplemente se brindaba a su público. Más tarde, mis amigos y yo cruzamos el portón negro, previo a sacar las entradas en la boletería enrejada que era atendida por una simpática morocha. Dentro de aquel antro desbordante de juventud anárquica, con paredes pintadas de azul y atravesado por molestas columnas, baños hediondos y barra al fondo pegada al cuartito usado como camarín, donde arriba, en la parte delantera, se pasaba música, todo era un acontecimiento. Cuando Batato salió al pequeño escenario mal iluminado, que estaba junto a la escalera de acceso, vestido como lo habíamos visto venir y empezó a declamar poesías de Alejandra Pizarnik, Delmira Agustini, Marosa Di Giorgio o Néstor Perlongher entre otros (autores que conocí gracias a su divulgación), como sólo él sabía hacerlo, no volaba una mosca. Sergio Fombona

HOMENAJE A BATATO (Discurso de egresada de Los Peinados Yoli, Ave Porco, junio 24, 1984)

Ya se escribió y se dijo tanto sobre él que poco puedo agregar.
Nació Walter Barea, fue el Yoli Billy Boedo y se transformó en el Batato que todos conocemos.
En 1985 se le hizo un homenaje en Ave Porco Porco (años antes una pensión regenteada por un judío de Europa del este de oficio sastre donde viví de jovencita) y decidí que ése sería mi fiesta de egresados de Los Peinados Yoli.
Me calcé un guardapolvo blanco de papel crepe y nariz de payaso. Peiné la caída cresta de gallo y leí mi discurso como una desprolija alumna de cuadro de honor al que hoy día no tengo nada que agregar y que culminó (a pedido mío) con una atronador sonido de silbatos y matracas.


Discurso de egresada de Los Peinados Yoli, Ave Porco, junio 24, 1985.

No se escriben de él rimbombancias como fabuloso o magnífico. No se le conocen pactos ni apoyo a causas públicas, salvo las perdidas por tradición.
Como actor, se le perdona más que a nadie que su vida y el teatro fueran para él lo mismo, así que no figuran en ninguna biografía sus porqués ni porcuántos.
Como hombre era un actor extraño, poco risueño y con unas preciosas tetitas de siliconas talle noventa de sostén, que me mostró orgulloso entre bambalinas (tocá, tocá, me decía). Esa noche repartieron forros entre el público y fue la última vez que lo ví con vida. Lo mató un sida pocas semanas después. A él, que no quiso hablar de su enfermedad, lo mató eso que por los ochenta llamábamos en broma la peste rosa. Fue entonces que su ronquera se fijó en mi memoria para siempre, pero siempre repitiendo la misma frase: vas a llegar, Dorita, vas a llegar.
Compartimos, sin saberlo hasta mucho después, un amante, remarcador de precios de supermercado al que los dos conocimos en el abasto.
Y yo sigo sin saber cuál era. Hasta muerto me asombró, cuando ví su ataúd de virgen de pueblo, lleno de cachivaches de acrílico, corazones de purpurina, peluches, cintitas, puntillas, satenes, versos, fotos y troqueles, y él completamente muertito, vestido de seda y asistido por una corte de travestis que lo maquillaban como a un faraón. Hasta un budista cantando un namyohorengekyo había en el velorio. Y auque los muertos nunca se pàrecen a sí mismo en vida, Walter era el mismo Billy Boedo Batato Walter Barea..
Y yo, sigo sin saber cuál era, así que elijo creer que era todos, un ratito cada uno y un ratito para cada uno. Me tocó el pelirrojo afónico y aniñado, con más de pueblo chico infierno grande que de gran ciudad.
Puso su casa, su talento, sus conocimientos, sus palitos, disfraces, monólogos, sábanas, músicas, narices de plástico, collares de cuentas, toda su pulsión de vida y, además, su suerte: el azar lo tenía por favorito. La Yoli de los Peinados fue invento de él. Los Peinados son parte de otra historia.
Chau Pibe, hasta la vista. Tengo algunas lágrimas todavía, pero en tu memoria (y para que sigas sin perder el estilo) en lugar de un minuto de silencio pido para vos un minuto de bochinche.

Algo más sobre "El Nombre" (Revista "Libre", memoria refrescada por Tino Tinto).

EL NOMBRE (preestreno)


Listos para presentarnos al mundo (y tal vez un poco bastante antes) debíamos elegir el nombre que portaríamos como un estandarte de la modernidad, nuestro escudo de armas, el título que todos recordarían por tiempos inmemoriales, la bandera que enarbolaríamos en cada batalla.
La cuestión, aunque fuera de mucho peso y digna de largas consideraciones, se dirimió a lo Yoli: cada uno puso el nombre de su elección escrito de puño y letra y con la misma birome bic roja en una hoja de carpeta cortada en equitativos pedacitos dentro de un sombrero, y seríamos bautizados con el que saliera por azar.
Casi todos apuntamos a algo sofisticado y, en lo posible, posmoderno, que nos señalara como la punta de lanza de un movimiento artístico único e internacional.
Sin embargo, el destino sacó el papelito desprolijamente doblado que decía:

“LOS PEINADOS YOLI”.

El “casi” se llamó Batato y marcó la diferencia, redefiniendo el glamour con este apelativo que nos colocaba en algún punto entre Tita Merello y Annie Lennox .
El muchacho, oriundo de Rojas, había recordado a la Yoli de su infancia en el pueblo, una maestra gorda que tenía por costumbre besarse fogosa e imperativamente con su frágil novio en la plaza del centro a la vista de quien quisiera enterarse de que ella también tenía de donde agarrarse.
La imagen bizarra había quedado grabada a fuego en la retorcida cabecita del colorado, que la celebró bautizándonos sin querer para siempre.
Lo de los peinados no sé si venía a cuento de algún estilismo de la maestrita, pero nos hicimos cargo empezando a lucir cortes de pelo cuanto más raros mejor, costumbre que casi me cuesta una oreja en un corte casero que me hizo Any, con tijeras profesionales y poca habilidad para diferenciar carne de pelo.

Seguramente tuvimos algún síntoma de rebelión ante semejante bautismo(todavía hoy me preguntan si éramos peluqueros) pero al final nadie se atrevió a refutar lo que la suerte había dictado: seríamos sin lugar a dudas LOS PEINADOS YOLI .

domingo, 25 de abril de 2010

Incendio en La China (Promediando la historia)




Nacido Daniel Horacio Pannullo y llamado amistosamente La China por sus gustos, eligió nombre de guerra Yoli Denis Panulo, acto del que hoy se arrepiente profundamente. Es nombre de peluquero, escribe en sus cartas mientras reparte el tiempo entre El Cairo y Madrid.
Yo lo recuerdo como la apoteosis del buen gusto, una señorita francesa criada en Pekín.
Y sigue escribiendo que era nada, cosa cabicha y olvidable y que aprendió siendo Yoli todo lo que sabe hoy.
Cómo llegó exactamente formar parte de Los Peinados Yoli es algo que permanece escondido en las cavernas de nuestras memorias, pero programas de la época declaran que (junto con Divina) llegó para reemplazar a Peter Pirello y Billy Boedo.
Lo que sí recuerdo perfectamente bien es que la llegada de Denis coincidió con mi mudanza a su casa.

Y la casa estaba en Villa Luro: dormitorios arriba, cocina y living abajo. Mi cuarto (arriba) estaba íntegramente decorado en plavinil rosa y objetos de plástico blancos, una concesión poco común a la coquetería que iba a costarme cara.

A una cuadra de allí el padre de La China trabajaba en una pizzería mamotrética y todos los días hacíamos nuestra peregrinación en busca del almuerzo, (generalmente una milanesa con papas fritas gomosas que quedaban a la espera de un momento verdaderamente voraz para ser aprovechadas), donación necesaria y aceptada de buena gana ya que éramos artistas y pobres. No sé si por lo de artistas o por lo de pobres, pero se nos escapaban detalles de la vida real como hacer la comida, y de pagar las cuentas ni hablar.
Así fue que finalmente nos cortaron el suministro de luz en el cotorro de Villa Luro, y La China se fue a pasar unos días a alguna parte con el pretexto de sobrellevar la ausencia de energía eléctrica, aunque sospecho que había también mucho de aliviar el peso de mi presencia (digamos que por aquél entonces yo no era precisamente una compañía fácil).

A la luz de la vela estaba yo en la cocina esa noche de invierno oscura como el carbón cuando sentí algo a mis espaldas. En ese segundo intenso se me pasó como una ráfaga la idea de que habían entrado a robar. Veloz como un ninja punk listo para dar batalla a las fuerzas del mal manoteé una cuchilla y me dí vuelta en posición de ataque sólo para perder la última esperanza: no estaba alucinando y por la escalera que daba a la planta alta a falta de amigos de lo ajeno asomaba una llamarada.
El destino había dispuesto hacerme pagar mi incursión en el diseño: la vela que había quedado en el escritorio (como dije cubierto de plástico rosa con vasos, platitos y peines de plástico blanco ) se había caído empujada por el aliento de Satán. Y como si no fuera suficiente con la decoración combustible en ese mismo escritorio estaba nuestra valiosa oficina de prensa: los aerosoles (tres: amarillo, rojo y negro) que usábamos para hacer las pintadas anunciando nuestros shows.

Apagar el incendio fue un milagro. Yo estaba preparada para una lucha cuerpo a cuerpo con algún inadaptado armado, pero de ninguna manera para enfrentar las llamas. Pensando más en que los aerosoles se habían llevado nuestra últimas monedas que en el peligro que representaban lo primero que hice fue alejarlos del fuego tirándolos escaleras abajo, salvando así con mi heroísmo la publicidad y el honor del grupo. Ahí nomás agarre la colchoneta donde dormitaba de vez en cuando y empecé a golpear las llamas, que ya empezaban a mezclarse con un humo negro y hediondo.
Como les decía: apagar el incendio con gomaespuma fue un milagro y la habitación fue clausurada casi para siempre.

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sábado, 24 de abril de 2010

El Encuentro


LOS COMIENZOS (Latidos del Corazón)


Era una noche cálida, cuando se iba el verano.
Bar La Opera, Corrientes y Callao.

Yo recién llegaba de un mini exilio que duró los últimos años oscuros. Me queda el recuerdo desvahido de jeans ajustados, musculosas blancas, jazmines y sonrisas nuevas.
Empezaba 1983.

Estábamos con Tino y de pronto entró él. Una melena larga roja y enrulada, el cuerpazo aniñado y esa mueca graciosa y tímida, con los labios un poco fruncidos y un poco desafiantes que no perdía ni cuando murmuraba con su ronquera eterna. Estamos hablando de Batato, claro, nacido Walter Barea y autonombrado Yoli como Willy Boedo.
Más rápido de lo que cae un rayo empezamos a ensayar en su casa, un departamento de dos ambientes en Once, e igual de rápido como nos sucedía casi todo, se incorporaron fugazmente Lucy Makeup y permanentemente Peter Pirello, que a falta de un espacio mejor, por el momento pasaba la música durante los ensayos.

Nuestra primera audición fue en lo de Fontova.
Lucy desapareció con un extraño malestar y Peter tomó su espacio. Y su vestuario y sus números: se hizo la gran señora que es.
Con el tiempo aprendimos que eso se llamaba transformismo, pero entonces no le dábamos demasiada importancia al género aunque nos divertíamos bastante con esos intercambios de sexo y el color especial que le daban a los números.
Íbamos como sin plan pero siguiendo un camino perfectamente trazado, comprenderíamos después.

La cuestión fue que el show a Fontova no le gustó, no era para su gente. Y otra vez en bolas ¿cómo se ofrecía un espectáculo?
Bueno, usamos la gran técnica Yoli de resolver sin más, aunque hubiera que inventar la rueda de nuevo. Maravilla de la naturaleza, bienvenida inocencia perdida, fe sin límites, candor extremo.
Buscábamos en los diarios las direcciones de los pubs, nos elegíamos algo del vestuario y ahí nomás ofrecíamos una muestra gratis.

Sólo unas peripecias más tarde llegamos a Taxi Concert (consagrado sin duda alguna como nuestro Nido) y se produjo el milagro: cuatro fechas para nosotros solitos. Vendimos las entradas de la primera a parientes y amigos. Con dos lámparas para autos por toda iluminación y cassettes grabados en casa de mis viejos por todo sonido, con empleados de correo en primera fila y padres y hermanos en la segunda, llenamos el boliche de gente y el corazón con aplausos que no eran de compromiso. Mucho no entendían, pero saltaba a la vista que había tanta alma en ése escenario de tres por dos que a nadie le importaba entender nada. Actores y público éramos puro entusiasmo, asombro y alegría.
Este es el enorme rinconcito de nuestro primer show: Latidos del Corazón.

lunes, 19 de abril de 2010

Lo de Bensignor (promediando la carrera)


Lo de Bensignor

A mediados de los 80 estábamos en nuestro apogeo.
Los cuadros salían como poroto e la chaucha y ya teníamos nuestros clásicos. Ah! La vida Yoli era una eterna gira por cuanto escenario se pudiera pisar.
Sábado de invierno: a presentarnos en lo de Matilde Bensignor, prima dona del Centro Cultural Recoleta, inaugurado con inmenso éxito hacía pocos meses. Ergo: la Mati estaba en el ojo del huracán cultural y nosotros en el de la contracultura. El encuentro seguramente no tendría desperdicio.
Llegamos amontonados en el auto de Laferte, con el baúl mal cerrado y lleno de guitarritas de plástico, cajas de pescar con makeup, pelucas, zapatos, micrófonos de mentira, mares de plástico azul y raquetas rosadas.
Nosotros, como siempre, con un look casual algo rotoso, la cara encremada y lista para maquillar y los ruleros.

Cuando dimos con la dirección indicada nos encontramos con un postal de Dinastía.
La Señora estaba al tope de la larga escalera que daba acceso a su mansión, recibiendo a sus invitados envuelta en un exquisito vestido largo de encaje negro y el negro pelo recogido en una flor roja como el odio.
Se trataba de una reunión íntima: quince personajes de diversas alcurnias pero todos con algún prócer en la familia y una consistente fortuna amasada por varias generaciones de cajetillas. Entre ellos se destacaba el en aquél entonces director del Teatro Colón, Don Chicho Madanes que nos miraba desde su sillón con el ojo medio cerrado, los bigotes bien peinados y las dos manos apoyadas en el bastón de mango de plata.

Al vernos llegar enm la nave, la Bensignor empezó a hacer gestos desesperados y fue inmediatamente asistida por uno de sus sirvientes. Así se nos despachó a la casa de huéspedes, camarín y cuchita de espera. La inefable Renata Schusseim se compadeció y nos hizo llevar unas bandejas de canapés y bebidas cola mientras aguardábamos el gran momento.
Se suponía que actuáramos en un pequeño hall que conectaba una de las cocinas con un living muy coqueto. Es decir: salíamos de la cocina. El sonido del evento estaba organizado en varios casettes que debían cambiarse según los números escritos en las cajas y la tarea la llevaría a cabo el gran Gus Panullo.
Era todo fácil y algo mecánico, salvo por un pequeño detallle.
Cuando salimos para el primer cuadro, un número de Rita Pavone, sonaba la música del cuadro español.
Era complicado salvar la situación a un metro de los figurones que nos miraban fumando sus habanos (tal vez escondidos detrás del humo), así que con sonrisitas de paso reculamos (otra vez a la cocina) con la esperanza de que la próxima entrada fuera un acierto. Tino tenía los ojos más grandes que nunca y Batato decía oooohhhhh. La China Panullo sacaba puñales por los ojos y estaba con ésa cara desfigurada que ponía cuando no decía nada porque la bronca lo enmudecía.
Pero la suerte se nos puso de culo otra vez y música y cuadro se desencontraron cuando Gustavito nuevamente erró la cinta.
Insistimos e insistimos (siempre con un cero por ciento de aciertos), hasta que la Gran Dama se plantó entre ella y su querido público chillando un sonoro “suficiente” que nos mandó definitivamente de vuelta a la casita de las visitas. Y de camino a la cuchita, una joya (según Tino el momento más memorable de la noche): las sonrisas còmplices y suspiros de apoyo del personal de cocina, con quienes compartimos el camarín y la deshonra (¿estarían contentos de que le arruináramos la velada a la buena de Matilde?).
La Panullo (Gustavo, claro) casi lloraba y yo por un pelo no la asesiné ahí mismo y con la mirada, sin privarme de gritos y denostes pero sin hacerle correr una lágrima, aunque las manos le temblaban notablemente y la tensión le había fruncido la boca de tal modo que parecía un ombligo.
Creo que ese día Gustavo se transformó definitivamente en esfinge.

Relegados nuevamente a huéspedes contratados pero indeseables y sin los canapés de consuelo otra vez apareció el esbirro a pagarnos puntualmente hasta la última moneda pactada.
Volvimos todos en silencio: la artistocracia nos había vuelto la cara y sus siervos nos habían palmeado la espalda.
Otra vez de Dinastía a Chacarita felices y algo culpables como niños después de una travesura.
Volveríamos a por más, pero ése es otro cuento.